Volver a hundir el Titanic

Para citar este artículo:
Slater, Glen (Marzo de 2016). Volver a hundir el Titanic. Web universo arke. revista-aion, Número 0, Abril de 2016. Recuperado de: http://www.universoarke.com/revista-aion/numero-0-abril-de-2016/volver-hundir-el-titanic. Noviembre 18, 2017 - 23:52
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Traducido por  Roberto Andrés Urrea & Susana Maestre Botero 

Revisado por Diana Arias Henao.

Agradecemos Glen Slater por permitir la traducción del texto

El hombre occidental no tiene necesidad de más superioridad sobre la naturaleza, sea externa o interna. Tiene ambas en casi una perfección diabólica. Lo que le hace falta es un reconocimiento consciente de su inferioridad respecto a la naturaleza que está a su alrededor y dentro de él. Él tiene que aprender que no puede hacer exactamente lo que desea. Si no aprende esto, su propia naturaleza lo destruirá.

– C. G. Jung, CW  § 535

 

En el fondo del mar, en algún lugar entre el viejo mundo y el nuevo, un gigante duerme. Es un último, mortal sueño, aunque no uno tranquilo; la desaparición fue demasiado repentina, el impacto muy grande, las consecuencias demasiadas para asimilar. Contrastando la imagen de su masa inmóvil, el sueño permanece sin descanso. El Titanic, aun por encontrar su lugar en el inframundo, existe entre mundos, esperando por algún gesto, remembranza o ritual. Las aguas turbulentas de una clara y calmada noche en el comienzo de este siglo todavía agitan la imaginación y esperan por una atención con alma. Entre los hechos y la ficción, la historia y el mito, esto alguna vez celebró la duración del titanismo. Nuestra respuesta a su llanto ha sido ferviente, pero no muy profundo. Hemos buscado su cuerpo roto, ponderado las circunstancias de su desaparición, vuelto a contar su historia y la de aquellos quienes se anclaron a su destino. Más recientemente hemos planeado su oscura ubicación, fotografiado a través de un profundo velo azul, y removido sus pertenencias irreverentemente. Aun así, el Titanic duerme inquietamente, y nosotros somos parte de su sueño sin descanso.

El desastre del Titanic el 15 de Abril, en 1912, es singular entre las catástrofes modernas por permanecer en la psique colectiva. Como el barco a vapor más grande de su tiempo, más largo, alto y pesado que cualquier otro a flote, una maravilla tecnológica sin precedente, el Titanic transportaba las visiones de una era industrial moderna. Como un ícono de desastre tecnológico, comprobando dolorosamente el vuelo de este interés moderno, nos volvemos a su relato por una perspectiva histórica. Y como mensajero para una cultura que continua ignorando las advertencias de la naturaleza, aún vivimos dentro del velorio del Titanic. Ochenta y cinco años después del evento, libros, documentales, largometrajes, e incluso un musical de Broadway atestiguan este sueño sin terminar.

Cuando la tecnología llegó, la fascinación con el desastre se convirtió en un dragado literal. La exploración y los planes de museo hicieron camino para la caza de tesoros y expediciones salvajes con patrocinios corporativos. Recientemente tales hazañas proveyeron un espectáculo para los cruceros que rondaban como tiburones esperando la llegada de cada sección destripada. (Broad, 1996). Pero como las hazañas superficiales incrementan y la fascinación se convierte en excitación, la insondable conmoción del desastre es sólo recalcada. Aunque el barco mismo se ha sumergido en lo profundo,  no hemos hecho aún el acompañamiento descendente. Los submarinos lo hicieron, pero nuestras reflexiones sobre la tragedia no. No hemos recordado con alma el cuerpo roto del Titanic. La autopsia no ha evolucionado a un rito funerario. El sueño no ha sido trabajado.

Nuestro apego cultural al desastre se asemeja a una obsesión con una herida abierta, y tiene todas las características de un complejo cultural no reconocido. Estamos obligados a llegar al fondo de la realidad literal, sumergiéndonos en hechos y teorías; queremos ver, tocar, aclarar, controlar. Pero, en su centro, no podemos perder la intensidad de la devastación inicial. Atrapados en un hechizo, perseguidos por imágenes, somos incapaces de asimilar el impacto del evento.

Con cada visita poco parece cambiar. La historia es la misma, la conocemos al revés, y aun así continua manteniendo algo. El llamado no disminuye. El evento penetra lo vital de nosotros, pero lo que es vital escapa consistentemente. Así que seguimos buscando aquello que hemos pasado por alto todo el tiempo –la memoria que no ha surgido, la pieza faltante de evidencia, las cosas que pudieron haber sido diferentes. La combinación de este apego obsesivo compulsivo y el fracaso de honrar al Titanic en su muerte sugiere que dentro de nuestro sueño hay también algo de inquietud. Aquí el espectáculo esconde al espectro. Tomado en el nivel equivocado, nuestro recuerdo superficial poco descansa.

La tarea que este sueño y esta inquietud presentan es la de encontrar oídos para escuchar y ojos para ver; necesitamos un modo adecuado de percepción. Este es el bálsamo de psique. Cuando una experiencia traumática sacude el alma, sólo las formas y lenguajes del alma serán suficientes para digerir la perturbación; cuando estamos atrapados en un sueño, tenemos que seguir los caminos del sueño; cuando estamos poseídos, tenemos que volver al inframundo. El análisis tecnológico, el recuento de los hechos y fotografiar la evidencia no lo van a hacer. Un rescate psicológico debe ser acometido. Esta tentativa de rescate explorará nuestra obsesión con el más significativo desastre marítimo de la historia a través de formas míticas, localizando fragmentos sumergidos siguiendo las corrientes de la poiesis, reconfigurando el relato desde una perspectiva del alma. Tal intento se anclará en aquellos puntos donde el Titanic corresponde a las crisis y patologías modernas. Haciendo esta inmersión en las profundidades, atendiendo a este nivel de complejidad, se podría, creo yo, mitigar la compulsión de arrastrar fragmentos concretos de restos a la superficie. Viendo al barco yacer, localizando su relato dentro del de la era moderna, sus complejos inconscientes y sus raíces arquetipales, se forjaría un entendimiento de que el Titanic tiene un lugar de descanso. Somos nosotros quienes aún no hemos completado este viaje.

 

El agarre de un Titán

El barco y su historia sugieren un mitema, poderoso pero en gran parte no reconocido, que opera en la cultura. Recientemente, cuando una sección de once toneladas del casco del Titanic se acercaba a la superficie, se desató y regresó al fondo del océano (Broad, 1996, 6). Aquí psique ejerce su propia intencionalidad: oponiéndose a la gran hazaña del siglo veinte de arrastrar todo hasta la brillante luz, este evento expide el decreto de que algunas cosas pertenecen a la profunda oscuridad. Como mínimo esto sugiere una invitación a la profundización y la reflexión –la necesidad de hacer una pausa antes de la acción. Pero incluso la poiesis de este momento y su invitación para la introspección son evadidas: tanto el análisis mecánico de lo que salió mal como la declaración contrapuesta de que “los restos están embrujados” pierden de vista el barco. Tanto la actitud científico-tecnológica como las seducciones de la nueva era sobre la maldición y el karma impiden el rescate psicológico (aunque la fantasía de una maldición puede ser tomada con seguridad como un signo de arrogancia sacrílega). Tanto la explicación racional como la especulación metafísica permanecen inconscientemente atadas al mitema– atrapadas en la llave de cabeza de una presencia arquetipal no nombrada.

Un lugar importante de la recuperación de un conocimiento nos mira fijamente a la cara. El carácter arquetipal del trágico evento se encuentra ya en el nombre del barco. Como arquitectos de la hybris[1] –orgullo y sacrilegio absoluto– los Titanes, una raza de gigantes, lucharon con y fueron derrotados por los dioses Olímpicos y luego confinados al inframundo. El significado de la raíz de “hubris” sugiere un “descontrolarse” sobre otros principios cósmicos. El término “Titanic[2]”  se refiere originalmente al talante de la guerra entre los Titanes y los Olímpicos. Los Olímpicos, representan, por supuesto, las fuerzas dominantes del cosmos, y personifican los órganos propios de la vida psicológica. Siempre listo para desplazar esta organicidad, los Titanes patrocinan el gigantismo de la psique– inflación, grandiosidad, apuro desenfrenado. El mito sugiere que la identificación con la tendencia titánica resulta en un vertiginoso alarde de autoridad seguido de cierto descenso. El Olimpo no tolerará el titanismo; los Titanes pertenecen al inframundo. Es irónico que el barco hermano del Titanic fue nombrado ‘El Olímpico’, y, a pesar de una construcción casi idéntica, superó incesantemente el destino de su hermano sin deshonra. Cuando estos barcos fueron nombrados, alguien falló en tomar su mitología con seriedad; el lugar del Titán es en el Tártaro, una oscura prisión bajo el mar, tan lejos por debajo de la superficie de la tierra como lo está el cielo por encima. ¿Estaba en un nombre? Ciertamente.

Estas reflexiones sobre el nombramiento se alinean con los eventos y la atmósfera que rodean al barco gigante. La arrogancia no solo vivió en el título sino también en la llegada del barco al mundo y las actitudes que acompañaron su viaje inaugural. Es bien conocido que el Titanic fue declarado como “inhundible” por sectores de la prensa antes de zarpar, una declaración que retornó desesperadamente por ‘White Star Line’ en Nueva York una vez que los reportes de su penuria fueron conocidos. La declaración se debía a un diseño especial que dividía las partes del barco en varios compartimientos herméticos. Aun así, cuando el momento fatídico llegó, esta innovación no fue obstáculo para las perfectamente posicionadas garras de Poseidón, ansioso por corregir el desprecio de una era irreverente. El iceberg rompió el casco y pronto el mar invasor fluyó sobre la parte superior de los mamparos. Una mirada de soslayo desde las prominencias del fondo y todo estaba terminado.

Varios hechos son sorprendentes en su fidelidad a la mitopoiesis de la tragedia: el cuarto de radio del Titanic recibió varias veces advertencias del iceberg provenientes de otros barcos. La mayoría fueron ignoradas o no fueron comunicadas al puente de mando. En el puente de mando las advertencias no fueron tenidas en cuenta. Nunca se observó la precaución debida. Fiel a su nombre, el Titanic iba a máxima velocidad, movido por el intento no oficial de romper el record del cruce del atlántico. Cuando se puso en camino en su viaje inaugural, su capacidad de frenado y habilidad de girar nunca habían sido probados por completo durante ensayos de prueba en el mar. El barco era pesado y sus dinámicas de desplazamiento eran difíciles de manejar. Al dejar el puerto, evitó por poco una colisión cuando un barco más pequeño era succionado hacia su camino. El Titanic cargaba botes salvavidas para apenas un tercio de los pasajeros; había una tendencia a pensar en el barco mismo como un salvavidas. Para cerrar esta congruencia arquetipal un descubrimiento reciente sugiere que el casco del Titanic fue construido con acero extremadamente frágil y altamente sulfuroso (Gannong, 1995). Esta materia metalúrgica provee una metáfora apropiada de la rígida mentalidad del ejercicio completo. Dejad que los alquimistas reflexionen sobre los atributos alterados del exceso de sulfuro!

El destino conspiró alrededor de esta combinación de irresponsabilidad, tentación virginal, arrogancia y auténtica consistencia poética. El mar fue visitado por una extraña e inquietante calma esa noche, por lo que el puesto de observación no contó con el espumoso encuentro entre el mar y el iceberg para que le advirtiera. No había luz de la luna que compensara la oscuridad de la noche. Y de no haber tratado el barco de maniobrar en el último momento, el iceberg no habría perforado tantos compartimentos; lo más probable es que no se hubiera hundido.

Cuando la popa se levantó lo suficiente en la noche, las entrañas del barco se desgarraron y rugieron hacia la proa. Su contracara se quebró cuando se asentó. Como si el Titanismo hubiera conocido siempre su destino, el barco fue abrazado por el mar con apenas una pequeña ola. Unos pocos sobrevivientes simplemente se bajaron de su cubierta mientras ella se dirigía hacia abajo. Cuando los gritos cesaron, los botes salvavidas fueron empujados hacia un silencio mortífero.

La consistencia de estos temas esta cristalizada en el obituario de 1996 de una pasajera del Titanic, la Srta. Eva Hart. El obituario apunta que siete de los ochos pasajeros que aun siguen con vida eran muy jóvenes para recordar el evento. La sobreviviente restante, “se acerca a su cumpleaños 100, no recuerda más” (Thomas, 1996, 15). Por lo tanto, la Srta. Hart fue el “último vínculo de memoria viviente” al desastre. El artículo reconoce que ningún otro naufragio “demandó una fascinación escalofriante tal en la imaginación popular,” y que esto fue “principalmente debido a un bien publicitado ejercicio en arrogancia.” Sin embargo, son las palabras y acciones narradas por la madre de la Srta. Hart las que son más sorprendentes. La declaración de que el barco era inhundible

…causó en la madre de la Srta. Hart tal temor que incluso mientras ellas subían la rampa de embarque, recuerda su hija luego,  ella renovó su advertencia de que llamar a un barco inhundible era “volar en el rostro de Dios”. Ella estaba tan convencida de la muerte inminente, sostuvo luego su hija, que dormía durante el día y mantenía despierta en la noche en su camarote completamente vestida. (Thomas, 15)

Eva Hart y su madre sobrevivieron. El padre de Eva se hundió con el barco.

Esta “última memoria viviente” pide ser integrada a nuestro entendimiento de la catástrofe. La madre de Eva Hart percibió un sobrepasar de los límites cósmicos y psicológicos; ella sabía, intuitivamente, que algo había sido llevado más allá de su límite. Ella esperaba un contragolpe. Tal sensibilidad, que mantiene un ojo en las constantes invisibles de la vida, está ausente en nuestra época. El desastre del Titanic llevó consigo el reconocimiento fallido de tales invisibles. La tragedia golpeó duro porque, en el identificarse con el Titanismo, se le dio la espalda a los Dioses, las Furias y las Moiras.

El Titanic tal vez pudo haber sido menos propenso al desastre siendo la atmósfera de la arrogancia confinada al barco mismo. Nosotros, después de todo, salimos con mucho de “volar en el rostro de Dios”. Sin embargo, la arrogancia del Titanic fue más allá de sí misma y jugó muy cuidadosamente en las manos de un zeitgeist cultural. El barco condenado ejemplificó perfectamente la excesivamente centrada fe tecnológica de una era entera. Él llevó muchos ejemplares ricos de una revolución cultural basada en las filosofías de la Ilustración, y, en el algunas veces mundo impersonal de la justicia arquetipal, estas elites industriales de alto vuelo fueron las primeros candidatos para un descenso correctivo. En ese tiempo, con declaraciones abundantes de la ciencia que estaba a punto de resolver todos los misterios, nada parecía atravesarse en el camino del progreso. Ninguna era previa había prescindido tan eficientemente de los lazos con la religión y la naturaleza. Pero, ya que el racionalismo estuvo desalojando los habitantes del alma, uno puede escuchar voces de dioses destituidos incitando al acto de venganza de Poseidón.

Desde entonces, hemos perdido mucho de la incertidumbre mecánica con la cual era visto en ese entonces el universo. Aun así no estamos muy lejos de la confianza subyaciente y fe en nuestros dispositivos. En el mirar atrás hacia estos eventos, nos damos cuenta que una arrogancia significativa sigue a flote en la cultura.

Percibido psicológicamente, el Titanic confronta nuestra arrogancia actual y desafía el ethos cultural occidental dominante de “donde hay voluntad hay camino”. Reconocer este tema es perturbador e inquietante. Esto implica ver, a través de nuestra fascinación con el desastre, nuestro estado de posesión arquetipal –nuestra identificación con los caminos del Titan. Esto supone un reconocimiento de nuestra participación en un sueño, un relato con su propia presencia autónoma. Esto promueve una sensación de este movimiento arquetipal, ubicándonos hoy, ahora, en el interior de la misma tragedia, conociendo el camino en el cual seguimos a bordo de un barco que se hunde. Este reconocimiento entiende que olvidar estas cosas es navegar hacia una corriente de catástrofes, provocando inconscientemente recreaciones de la tragedia Titánica. Una percepción psicológica del murmuro del Titanic obliga a un reconocimiento de nuestras raíces Titánicas, a un darse cuenta de dónde nuestras almas son agitadas por los asuntos y actitudes sin terminar de nuestros ancestros más cercanos. Nosotros debemos, de ese modo, retornar nuestro sueño Titánico al sueño del Titán. Luego, el agarre del gigante es sentido como un mito activo– un mito que mece nuestro deseo de surcar a través de la superficie del mundo y simultáneamente pone de relieve el llamado de las profundidades.

 

Entre el Abandono y el Vínculo: El problema con Prometeo

Aproximarse al impacto psicológico del Titanic por la vía del mito del Titán nos lleva a una narrativa mítica más específica. Ver hacia el entendimiento del relato Titánico y su complejidad arquetipal sugiere la presencia palpable de Prometeo; el Titanic lleva la imprenta del más celebrado Titán más que ningún otro. Prometeo trae los dones de la ingenuidad y la invención, roba el fuego de Zeus, es amarrado al Cáucaso y su hígado es comido en el día y regenerado en la noche, engaña en el ritual sacrificial, y es el patrón divino de la búsqueda humana más allá de los dioses. Este campeón de la libertad humana y creatividad merece ser reconocido por liberarnos de un tipo de esclavitud inconsciente de los dioses. Aun así, esta libertad tiene un costo.

Este rol fundacional del Titan en el predicamento cósmico de la humanidad es atestiguado por el subtítulo de la obra de Karl Kerenyi sobre Prometeo– “imagen arquetipal de la existencia humana.” Cargando un nombre que significa “previsión,” Prometeo está presente en cualquier diseño innovador que promueven las intenciones humanas. Él está por lo tanto envuelto en el ethos cultural dominante de los siglos 19 y 20– expansión de las consciencia, crecimiento de la industria, avance tecnológico. Prometeo provee el ímpetu para el descubrimiento científico y su aplicación en el mundo moderno y está casi siempre presente cuando estas innovaciones comienzan a exhibir un poder divino. Así, este particular Titán nos ha metido en un gran problema. Acogiendo este Titán estamos llamados a recordar el subtítulo de Frankestein: The Modern Prometheus de Mary Shelley y a localizar el monstruo que merodea en la sombra del resplandor de la Ilustración.

El problema con nuestra aceptación de los dones prometeicos y las libertades de la era ilustrada es que escindimos la parte más oscura de esta narrativa mítica,  concretamente los resultados tortuosos de la innovación sin ataduras. Olvidamos que el abandono prometeico puede conducir a una encarnación del gigantismo, el cual suscita luego la correspondiente fijación– un encadenamiento a las leyes de Zeus. A través de esta asociación familiar, el comportamiento rebelde de los parientes de Prometeo perdura y entra al mundo envuelto en el atuendo del progreso. Cegado por la maravilla de sus dones creativos, este residuo de ancestralidad Titánica escapa fácilmente a nuestra percepción. Pero al perder la visión del Titán en Prometeo nos volvemos más propensos a los excesos de la hubris y sus resultados.

Semejante al hundimiento del inhundible y la  trágica desaparición de figuras sociales reconocidas, el mito de Prometeo es uno de la enantiodromía, de la inversión, de la afirmación de los opuestos– la venganza de los dioses a quienes fallamos en reconocer cuando quedamos hechizados con nuestra astucia y poder. Aquí nos damos cuenta de cuan atados estamos a una psique arquetipal. Lo que zarpó con el Titanic en su viaje inaugural fueron los sueños prometeicos de una cultura que se deleitaba en una percibida emancipación de la “superstición” y en una reducción industrial sin precedentes de la naturaleza a un recurso. Fue a través de esta identificación mítica con un lado de la narrativa prometeica que un boleto en el Titanic se convirtió en una invitación para un revés catastrófico.

Hoy seguimos balanceados en el borde de una enantiodriomia prometeica. Y en tanto nos acercamos al siglo 21, pegados a la autopista de la información, a la tecnología en nuestra punta de los dedos, nuestra consciencia aún se identifica con esta visión de futuro prometeica mientras permanece en gran parte inconsciente de su fondo Titánico. Hay una parte de nuestra psique navegando inadvertidamente a través de aguas peligrosas, con una velocidad desenfrenada y una ‘tecno-fe’[3], centrada en el horizonte distante del Nuevo Mundo, y su espalda puesta al Viejo Mundo. Aún estamos en la cubierta del Titanic. Y en la parte de abajo del barco, Poseidón y Tártaro esperan. Irreverente de las profundidades con sus dioses y ancestros, esta tendencia Titánica nos acompaña hacia la posmodernidad.

Ser prometeico es entrar en un sistema familiar Titánico y estar situado en la interacción del abandono y el vínculo. Hacer señas a la sala de máquinas. Avanzar lento. Estas aguas necesitan una mirada más cercana.

 

Desprecio Prometeico y Sacrificio

Prometeo es, como Hermes, un comunicador, moviéndose entre los reinos divino y humano. Después de la guerra Titanes-Olímpicos, se las arregla para alinearse con Zeus. Atenea le enseña matemáticas, medicina, astronomía y arquitectura, antes de educar a la humanidad. Cuando Zeus se vuelve receloso del incremento en el poder humano, es Prometeo quien interviene en nombre de los mortales. Sin embargo, la relación se deshace cuando Prometeo engaña en un ritual sacrificial designado para estabilizar las relaciones dioses-humanos. A través de este acto de engaño, se ve su ascendencia Titánica. Zeus retiene consecuentemente el don del fuego, el cual Prometeo rápidamente roba. El guardián de la ingenuidad humana es castigado por su robo, eternamente (o casi) atado a una pared de acantilado donde una águila de Zeus picotea diariamente su hígado.  El sacrificio despreciado pone estos eventos en movimiento.

Esta narrativa está imbuida con visiones de nuestra herencia Prometeica. Las tensiones humano - divino se recogen aquí alrededor de una limitación específica: Zeus tolera la innovación y el poder humano solo en un grado marginal. En el centro de esta tensión, entre idas y vueltas, se encuentra el ritual de sacrificio. El sacrificio –volver sagrado, rendirse a la presencia de un dios, degradarse uno mismo al esquema de las cosas– juega un rol crucial en todos los mitos al determinar el modo de las formas arquetipales que emergen para conocer al protagonista. El sacrificio exitoso ocasionar el reconocimiento de la divinidad y silencia los seres sombríos. El sacrificio fallado lleva a la tragedia. En una forma tal el sacrificio funciona como el conducto a los dioses por excelencia. Para Prometeo, el sacrificio falla, las divinidades no son reconocidas de manera apropiada, y tanto él como sus devotos humanos son llevados a una tragedia, la cual, por designio divino, tentará por siempre el alma del innovador.

Fallar en honrar a los dioses a través de un sacrificio que podría alivianar su desconfianza en el poder humano funda la segunda, más oscura mitad de la narrativa Prometeica. Este segundo movimiento constituye la sombra de nuestra preocupación por el diseño humano, y completa la base de la saga del Titanic. El ejercicio de la voluntad humana sólo podrá ser tolerado cuando sea acompañado de un reconocimiento sacrificial exitoso de los dioses. En la ausencia de tal gesto sacrificial, el sacrificio es extraído a un gran costo. El sacrificio es impuesto. Y por lo tanto debemos prestar atención: Gigantismo, Titanismo, hubris no sacrifican, pero sí invitan a una enantiodromia sacrificial, un revés que empuja todo el proyecto hacia abajo. El sacrificio es luego llevado a cabo sobre nosotros con una gran tragedia; Hidenburg, Challenger, Chernobyl como testigos.

En el fracaso de sacrificar, somos sacrificados.

De estos patrones míticos podemos extraer lo siguiente: En tanto las eras moderna-postmoderna se identifican con las hazañas prometeicas, tienen que mantener un ojo en sus raíces Titánicas. Aprender esta lección es, yo creo, la clave para una acogida exitosa de la era tecnológica. No tenemos que prescindir de la tecnología, pero sí tenemos que entender sus fundamentos arquetipales. Incluso en ese caso, no deberíamos esperar más que una ascensión marginal del Olimpo.

Afortunadamente el sacrificio fallido de Prometeo y la atadura a la pared del acantilado no es el fin de la historia. Dos temas a continuación nos entregan significados para negociar con el destino del Titán, que ofrecen un camino para mitigar la enantiodromia de la narrativa, y por ende abren un camino para la consciencia a través de nuestro sueño Titánico. Ambos temas conciernen a la restauración de la actitud sacrificial.

El mito nos dice que el castigo “eterno” de Prometeo es temporalmente mitigado cada noche cuando su hígado picado es restaurado. Esta cualidad curativa de la noche apunta a las posibilidades restauradoras de acoger lo oscuro, el inframundo de la sombra y el sueño, la contraparte de la brillante mirada enfocada de la consciencia racional. Tanto las cadenas como la noche, recuerdan el destino de los ancestros de Prometeo en la oscura prisión del Tártaro. Este motivo provee por lo tanto una metáfora para trabajar con temas inconscientes (como hemos venido haciendo) y para desarrollar una visión nocturna que perciba la profundidad. Otro motivo específica esta sugerencia por parte del mito. Prometeo es eventualmente desatado, liberado de nuevo por Zeus. Este Prometeo desatado es un Titán diferente. Su linaje ha sido golpeado, ablandado, roto en mil pedazos, y refigurada. Por lo tanto fortalecido por un sufrimiento sin fin y una profunda pena, el acepta usar su previsión para ayudar a Zeus. En esta medida el Titan regresa sus dones al Olimpo, sacrificando su propia voluntad a la de Zeus, prefigurando la restauración de una consciencia sacrificial que estamos llamados a acoger hoy. Karl Kerenyi escribe, “el desatado Prometeo… a partir de entonces usa una corona especial como signo de su subordinación al poder de Zeus. Como otro emblema carga un anillo de hierro, que se decía tenía una piedra para recordarle el peñasco en el que sufrió” (1951, 221-22). Estos motivos son una señal de la terminación de la narrativa de Prometeo. El Titán vuelve a servir a Zeus, cumpliendo con el castigo de la esclavitud, redimiendo su fracaso sacrificial, integrando la experiencia sanadora de la noche.

Tales imágenes de la restauración de Prometeo nos guían a través de nuestra identificación colectiva con esta figura mítica, prepara nuestro conocimiento de la sombra que él crea, y ofrece un camino para contemplar nuestro sueño Titánico. Reconociendo el castigo y el fracaso que viene con la narrativa, reunimos nuestras preocupaciones Prometeicas con sus elementos sombríos. Observando el contexto de la redención final de Prometeo, descubrimos la demanda cósmica de una actitud sacrificial. El titanismo, el cual encuentra su representación en el desastre del Titanic, habiendo entrado a la cultura a través del abandono Prometeico, es llevado de nuevo a sus antepasados y es psicológicamente fundado dentro de la narrativa mítica completa. La innovación, la invención y la libertad causan también la esclavitud; en medio reside una actitud sacrificial, perdida y recuperada, y una reverencia por lo que descansa más allá de nosotros en la oscuridad de lo profundo.

 

Pérdida de cautela en el mar

Las visiones de la psique colectiva provistas por estos temas míticos nos llevan hacia un replanteamiento del destino del Titanic. Si permanecemos fieles a los detalles, este desastre, ahora presente para nosotros como una imagen de irreflexivas hazañas modernas-postmodernas, puede ser atribuido a los oficiales del barco y la tripulación quienes fallaron en prestar atención a las advertencias sobre el iceberg. Piénsese en estas figuras como los hombres-referencia[4] del complejo cultural. De manera similar, el alcance del desastre puede ser rastreado hasta la arrogancia ciega de los diseñadores y propietarios del barco, y a la otra tripulación que, en un estado de negación,  enviaron algunos de los botes salvavidas medio vacíos. Incluso luego de que era claro que el barco se hundiría, los oficiales y la tripulación continuaron actuando como si nada pasara. Significativos como puntos de reflexión, estos eventos amplían la metáfora de la sombra Prometeica y detallan el problema de una hubris sin revisar. Ellos también nos llevan de nuevo a un entendimiento de aquello que se guarda en contra de los peligros del Titanismo. Todos estaban involucrados con el Titanic pero, de haberse mantenido una cautela marítima, con un ojo entrenado en los poderes autónomos que van más allá del control, el desastre podría haber sido evitado. Tal cautela marítima es la materia elemental de la actitud sacrificial a la que me referí antes, en tanto hacer un sacrificio es estar sobrecogido, inquieto e inseguro, preparado siempre para alterar el curso.

La fe ciega en la innovación humana hizo que marineros de otro modo bien experimentados perdieran su mejor capacidad de juicio. La novedad, el poder, el tamaño, el espectáculo, la sofisticación, la elegancia, la maravilla de lo atractivo de todo esto clausuró todos los portales a sensibilidades menos estimulantes. En particular, tal vez la primera en irse fue la capacidad para intuir algo que faltaba, un sexto sentido de marinero– un resoplido, un cambio en la dirección del viento, un augurio– el tipo de capacidad que no eludió la madre de Eva Hart. Las maravillas de la ciencia y la tecnología, junto con sus métodos racionales tendieron a clausurar estos otros sentidos. Esto es en últimas irónico; los mejores descubrimientos científicos están raramente divorciados de una perspectiva traviesa, intuitiva. Muchos grandes avances en la ciencia llegan a través de saltos repentinos de intuición. Sin embargo, en tanto nuestra visión de mundo se vuelve más mecanicista y menos definida por realidades psíquicas, más determinista y menos sincronicista, perdemos el contacto con nuestras metodologías del alma. Sin estos caminos verticales con sus conexiones viscerales a la profundidad, cualquier cosa cruzando el mar de la vida se torna vulnerable.  Hay mucho en juego cuando el navío es el Titanic en la naturaleza, cuando el Titanismo de la aventura Prometeica ensombrece todo lo demás.

Una cautela marítima recuperada prestaría atención a las leyes del mar. Psicológicamente, daría prioridad a los patrones de la psique. Míticamente, acogería la corona de Zeus y el anillo que le recuerda a uno el castigo y la esclavitud siempre que se entra al reino de Prometeo. Añadir verticalidad acompaña todos estos modos de percepción. Reduciendo la velocidad del gran barco, podríamos reflexionar, volviéndonos tanto al pasado como al futuro, al Viejo y el Nuevo Mundo. Haciendo esto, podríamos reconfigurar la familia arquetipal, recordando al hermano de Prometeo, Epimeteo, cuyo nombre significa “ocurrencia tardía”[5]. Podríamos observar y escuchar aquellos signos que son percibidos intuitivamente. Viajando hacia el futuro en noches sin luna requiere una visión bajo la luz de la luna, un tenue y periférico ojo sensible. Estas sensibilidades nos recuerdan otras presencias, y nos entregan oídos y ojos para lo invisible cuando estamos pasando a través de la calma, de aguas profundas. Así inicia una actitud sacrificial.

James Hersh nota que en el castigo de Prometeo este es situado “dentro de un patrón de movimiento. Su desenfrenada, continua creatividad (nuestra ciencia) es forzada a descansar, a ser ubicada dentro de un esquema, pero no es destruida. La actividad de Prometeo ha sido movida desde el flujo al ritmo” (1982, 156). La herida del Titán y el castigo son también una oportunidad para armonizarse con los dioses. El sufrimiento consciente es también una meditación sobre la esclavitud, una lección sobre cómo estamos atados a la realidad arquetipal. El volver a esta parte de la narrativa revela el valor de su elemento sombrío. Digerir la narrativa Prometeica completa es encontrar facultades para una negociación exitosa con la era tecnológica y para desarmar el gigantismo Titánico.

Estas ‘movidas’ en contra de la inflación Titánica tienen que ver con un volver a lo oscuro, comenzando involuntariamente a través de la venganza de los dioses, y luego dirigiéndose a una aceptación a través de la resistencia y el sacrificio. Conectada con tales temas, la desaparición del Titanic corrige el logos bañado por el sol de la visión tecnológica moderna y nos lleva hacia un menos definido, menos orientado, menos mecánico mundo del mythos. El Titán encadenado al Cáucaso o encerrado en el Tártaro es un contrapeso para la modernidad desenfrenada.

Esta consciencia hace posible otra lectura del relato del Titanic, a saber, que su descenso literal al fondo oscuro del mar ocurrió a través del fracaso de otros tipos de descenso. Y así, si seguimos a bordo del Titanic debido a nuestras vidas Prometeicas incompletas,  si seguimos atrapados en la mitad de la narrativa, seguimos enfrentados con opciones de descenso. James Hillman subraya esta misma situación después notar lo mismo, “Estamos a bordo del Titanic.” Escribe:

¿Cuál es la acción correcta? ¿Qué haces mientras el barco se hunde? ¿Empezar a tocar la banda? ¿Ir a los botes salvavidas? Pero no hay otras costas. ¿Revisarlo con tu analista? ¿Hundirse como Lord Jim, con honor, coraje y decencia? ¿Al menos mantener las cosas limpias y ordenadas? O, tal vez, llevar a cabo los rituales de hundimiento. (1995, 36)

Hillman hace el diagnóstico cultural correcto, “La cólera de los inmortales en contra de hybris” (36), luego sugiere una solución que entra a las tenebrosas profundidades al final del viaje del Titanic. “¡Hágase la oscuridad!” (37). A través del rescate psicológico, el Titanic trae de vuelta un elemento crucial de la vida psicológica, específicamente, nuestra relación con lo oculto, con todos los fenómenos debajo-de-la-superficie, y prescribe un remedio para los marineros demasiado embelesados por el hechizo de la modernidad. ¿Cuál es el camino hacia abajo? Sólo el sacrifico a lo profundo mantiene la cultura a flote.

En la medida en que la perspectiva sobre el descenso pertenece al barco actual, hemos fracasado miserablemente. Aunque algunos sobrevivientes y familiares de las víctimas del desastre han protestado por la “profanación de la tumba” que el rescate de los restos del barco implica, pocos se atreven a pensar que el Titanic ha encontrado su lugar legítimo de descanso. En la poiesis del alma él se dirigió en la dirección correcta– hacia el inframundo. En contraste, la compulsión de traer piezas del barco y sus pertenencias a la superficie hablan de una visión faltante de la esclavitud Prometeica y de un impulso imperecedero de conquistar lo oscuro. La fantasía popular de levantar el Titanic y los esfuerzos realizados por recuperar sus partes reflejan el continuo crecimiento de una tecnología desatada la cual se afirma ella misma cada vez con mayor autonomía.

Al otro lado de tal logos técnico la forma mítica de los eventos alrededor del Titanic emerge. Para la mayoría de este siglo el Titanic evitó su rastreo. Ahora grandes pedazos de su casco no quieren salir a la superficie. Los tesoros esperados abiertos en la televisión resultaron ser menos reveladores de lo que se anticipaba. El rescate literal está frustrado. El rescate psicológico localiza fragmentos de un mito sostenido en su lugar por una narrativa Prometeica no reconocida. En esta historia, el Titanic pertenece al fondo del oceáno– cerca a sus ancestros. Este es su destino, una afinidad con los principios arquetipales. Y con mil quinientas vidas perdidas, este parentesco no es para ser tomado a la ligera. Aquí, en tanto el mito revela las vidas humanas atrapadas en un drama arquetipal más-largo-que-la-vida, la tragedia es devuelta a sus orígenes transpersonales.

 

Remembraza y Re-cuerdo

Si el drama arquetipal del desastre del Titanic permanece sin ser reconocido, si los eventos alrededor de su viaje no son recordados, entonces es inevitable que sus temas básicos encuentren una repetición más vívida en el siglo 21. El compromiso de la cultura con el Titanismo está lejos de terminar.

El relato insiste en que el Titanic se hundió mientras la banda tocaba, y los pasajeros restantes cantaban “Nearer My God to Thee.” Para una aventura que voló en el rostro de Dios, ¿qué podría ser más adecuado? Como el moribundo que desea volver a visitar pecados pasados, la canción espontánea acaba con el descuido arrogante hacia las divinidades. Más allá de ellos, quizás, estos pasajeros estuvieron cantando los últimos ritos para un gigante que se hundía. Fue la distancia del (los) dios(es) lo que provocó el desastre, y el movimiento cercano a los dioses en esta escena final, trágica, sacrificial. Acoger este mismo movimiento no solo concordaría con la perspectiva moribunda de los pasajeros del Titanic, también movería nuestra fijación en el proceso de la autopsia a la remembranza de un rito funerario. “Nearer my God to Thee” es la respuesta del alma a un evento que demostró la separación del esfuerzo humano y la integridad arquetipal. Las piezas del Titanic necesitan ser reunidas en el alma, no en el museo.

 

Referencias Bibliográficas

Broad, W. “Effort to raise parte of the Titanic falters as sea keeps history.” The New York Times. A6, Agosto 31, 1996.

Gannon, R. “The Titanic’s Final Secret.” Popular Science, Feb. 1995.

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Thomas, R. “Eva Hart 91, a last survivor with a memory of Titanic, dies.” The New York Times, A15, 1996.

 


[1] Hubris en inglés. En el presente texto, puede entenderse como arrogancia o inflación del ego. [N. del T.]

[2] Titánico. [N. del T.]

[3] Techno-faith [N. del T.]

[4] Point-man [N. del T.]

[5] Afterthought. [N. del T.]

 (1997). Resink the Titanic. Spring. A Journal of Archetype and Culture. Vol. 62

 

 

Glen Slater 

Western man has no need of more superiority over na¬ture, whether outside or inside. He has both in almost devilish perfection. What he lacks is conscious recognition of his inferiority to the nature around and within him. He must learn that he may not do exactly as he wills. If he does not learn this, his own nature will destroy him.

— C. G. Jung, CWS 535

At the bottom of the sea, somewhere between the Old World and the New, a giant sleeps. It is a final, deathly sleep, though not a peaceful one; the demise was too sudden, the shock too great, the consequences too much to assimilate. Contrasting the image of her motionless bulk, the dreaming remains restless. The Titanic, yet to find her place in the underworld, exists between worlds, waiting upon some gesture, remembrance, or ritual. The broken waters of a calm, clear night early this century still stir the imagination and wait upon soulful attendance. Between fact and fiction, history and myth, this once celebrated Titaness lingers. Our response to her cry has been fervent, but not very insightful. We have searched for her broken body, pondered the circumstances of her demise, retold her story and that of those who anchored her fate. More recently we have mapped out her murky location, photographed her through a deep blue shroud, and irreverently removed her belongings. Still, Titanic sleeps uneasily, and we are a part of her restless dreaming.
 
The Titanic disaster of April 15, 1912, is singular among modern catastrophes for its hold on the collective psyche. As the largest steamship of her time, longer, taller, heavier than anything else afloat, a technological marvel without precedent, Titanic ferried the visions of a modern industrial age. As an icon of technological disaster, painfully checking the flight of this modern bearing, we turn to her story for historical perspective. And as a messenger to a culture continuing to ignore nature's warnings, we still live within Titanic's wake. Eighty-five years after the event, books, documentaries, feature films, and even a Broadway musical bear witness to this unfinished dream.
 
When the technology arrived, fascination with the disaster turned into literally dredging. The exploration and museum plans made way for corporate-sponsored treasure hunts and salvage expeditions. Recently such exploits provided a spectacle for cruise ships which circled like sharks awaiting the arrival of each disemboweled section (Broad, 1996). But as superficial exploits increase and fascination turns to titillation, the disaster's unplumbed poignancy is only underscored. Although the ship herself has plunged into the deep, we have not yet made the accompanying descent. Submarines make it down but our reflections on the tragedy do not. We have not soulfully remembered Titanic's broken body. The autopsy has not yet progressed to a funereal rite. The dream has not been worked.
 
Our cultural attachment to the disaster resembles an obsession with an open wound, and has all the characteristics of an unrecognized cultural complex. We are compelled to get to the bottom of the literal reality, immersing ourselves in facts and theories; we want to see, touch, unravel, control. But, at its core, we cannot loosen the intensity of the initial devastation. Caught in a spell, chased by images, we are unable to assimilate the event's impact.
 
With each revisit little seems to change. The story is the same one, we know it backwards, and yet it continues to hold some¬thing. The pull does not subside. The event penetrates our vitals, but that which is vital consistently escapes. So we keep searching for the one thing we have overlooked all along—the memory that has not surfaced, the missing piece of evidence, the things that might have gone differently. The combination of this obsessive-compulsive attachment and the failure to honor Titanic in her dying suggests that within our dreaming there is also haunting. Here spectacle hides specter. Caught on the wrong level, our shallow remembering lays little to rest.
 
The task this dreaming and haunting presents is one of finding ears to listen and eyes to see; we need a fitting mode of perception. This is psyche's balm. When a traumatic experience rocks the soul, only the soul's forms and languages will be sufficient to digest the disturbance; when caught in a dream, we must follow the ways of the dream; when haunted, we must turn to the underworld. Technological analysis, recounting of facts, and photographing evidence will not do. A psychological salvage must be undertaken. This salvage attempt will explore our obsession with history's most significant maritime disaster through mythic forms, locating submerged fragments by following currents of poesis, reconfiguring the story from a soul perspective. Such an attempt will anchor itself to those points where the Titanic corresponds to modern crises and pathologies. Making this dive into the depths, attending to this level of complexity, would, I believe, mitigate the compulsion to drag concrete fragments of twisted wreckage to the surface. Witnessing the ship as she lies, locating her story within that of the modern era, its unconscious complexes and their archetypal roots, would forge an understanding that Titanic has a resting place. It is we who have not yet completed this voyage. 
 

The Grip of a Titan

The ship and her story suggest a powerful but largely unrecognized mytheme at work in the culture. Recently, when an eleven ton section of Titanic's hull was nearing the surface, it broke loose and returned to the ocean floor (Broad, 1996, 6). Here psyche exercises her own intentionality: Opposing the great twentieth-century exploit of dragging everything into bright light, this event issues the decree that some things belong in the deep dark. At the very least it suggests an invitation for deepening and reflection—a need to take pause before action. But even the poesis of this moment and its invitation for introspection is avoided: Both the mechanical analysis of what went wrong and the counter-pole declaration that "the wreck is cursed" miss the boat. Both the scientific-technological attitude and the New Age seductions of curse and karma prevent the psychological salvage (although the fantasy of a curse may surely be taken as a sign of sacrilegious arrogance). Both the rational explanation and the metaphysical speculation remain unconsciously bound to the mytheme—caught in the headlock of an unnamed archetypal presence.
 
A major site of insight recovery stares us in the face. The archetypal character of the tragic event is already there in the ship's name. As architects of hubris—unmitigated pride and sacrilege—the Titans, a race of giants, fought with and were defeated by the Olympian gods then banished to the underworld. The root meaning of "hubris" suggests a "running riot" over other cosmic principles. The term "Titanic" refers originally to the temper of the war between the Titans and the Olympians. The Olympians, of course, portray the dominating forces of the cosmos, and personify the very organs of psychological life. Ever poised to displace this organicity, the Titans sponsor the gigantism of the psyche—inflation, grandiosity, unchecked haste. The myth suggests that identification with the Titanic tendency results in a heady power-trip followed by certain descent. Olympus will not tolerate Titanism; Titans belong in the underworld. It is ironic that Titanic's sister ship was named the Olympic, and, in spite of an almost identical build, sailed steadily past her sibling's fate without infamy. When these ships were named, someone failed to take their mythology seriously; the place of the Titan is in Tartaros, a dark prison beneath the sea, as far below the earth's surface as the sky is above. What's in a name? Indeed.
 
These reflections on naming align with the events and atmosphere surrounding the giant ship herself. Hubris lived not only in title but in the ship's birth into the world and the attitudes which accompanied her maiden voyage. It is well known that Titanic was declared "unsinkable" by elements of the press before she sailed, a claim desperately returned to by the White Star Line in New York once the reports of her distress were known. The claim was due to a special design dividing the bowels of the ship onto several watertight compartments. Yet, when the fateful moment arrived, this innovation was no obstacle for the perfectly positioned jaws of Poseidon, eager to correct the slight of an irreverent age. The iceberg tore into the hull and soon the invading sea flowed over the top of the bulkhead dividers. A side-glance from the deep's protrusions and it was all but over. 
 
Several facts are stunning in their fidelity to the mythopoesis of the tragedy: Titanic's radio room received iceberg warnings several times from other ships. Most were ignored or were not communicated to the bridge. On the bridge warnings were not heeded. Due caution was never observed. True to her name, the Titanic steamed on at a speed, fueled by an unofficial attempt on the Atlantic crossing record. When she set out on her maiden voyage, her stopping capacity and turning ability had never been fully tested during sea-trials. The ship was unwieldy in its bulk and displacement dynamics. She narrowly avoided collision leaving harbor when a smaller ship was sucked into her path. The Titanic carried lifeboats for roughly one-third of the passen¬gers; there was a tendency to think of the ship herself as a lifeboat. Topping off this archetypal congruence a recent discovery suggests that Titanic's hull was constructed of extremely brittle, highly sulfurous steel (Gannon, 1995). This metallurgical matter provides an apt metaphor for the rigid mentality of the whole exercise. Let the alchemists muse upon the corrupting attributes of excess sulfur!
 
Fate conspired around this combination of irresponsibility, virginal temptation, arrogance, and sheer poetic consistency. The sea was visited by an eerie calm that night so that the lookout did not have the foamy meeting of sea and iceberg to warn him. There was no moonlight to offset the dark of the evening. And had the ship not attempted to maneuver at the last moment, the iceberg would not have punctured as many compartments; most likely she would not have sunk.
 
When the stern rose high enough into the night, the ship's innards tore loose and roared towards the bow. Her back broke when she settled. As if the Titaness had always known her fate, the ship was taken by the sea with barely a ripple. A few survivors simply stepped off her deck as she headed clown. When the screams ceased, the lifeboats drifted into a deathly silence.
 
The consistency of these themes is crystallized in a 1996 obituary of a Titanic passenger, Miss Eva Hart. The obituary notes that seven of the eight passengers who are still alive today were then too young to remember the event. The remaining survivor, "nearing her 100th birthday, no longer remembers" (Thomas, 1996, 15). Thus, Miss Hart was the "last link of living memory" to the disaster. The article recognizes that no other shipwreck "claimed such a chilling grip on the popular imagination," and that this was "mainly because of a well-publicized exercise in hubris." Nevertheless, it is the recounted words and actions of Miss Hart's mother that are most striking. The claim that the ship was unsinkable
 
 ...caused Miss Hart's mother such apprehension that even as they walked up the gangplank, her daughter later recalled, she renewed her warning that calling a ship unsinkable, was "flying in the face of God." She was so convinced of impending doom, her daughter later maintained, that she slept during the day and stayed awake in her cabin at night fully dressed. (Thomas, 15)
 

Eva Hart and her mother survived. Eva's father went down with the ship.

 
This "last living memory" asks to be integrated into our understanding of the catastrophe. Eva Hart's mother perceived an overstepping of cosmic and psychological boundaries; she knew, intuitively, that something had been pushed beyond its limit. She expected a backlash. Such a sensibility, which keeps one eye on the invisible constants of life, is missing from our age. The Titanic disaster carried within it the failed recognition of such invisibles. Tragedy struck hard because, in identifying with Titanism, backs were turned on the Gods, the Furies, and the Fates.
 
The Titanic may have been less prone to disaster were the atmosphere of hubris confined to the ship itself. We do, after all, get away with a great deal of "flying in the face of God." How¬ever, Titanic's hubris reached beyond itself and played too neatly into the hands of a cultural zeitgeist. The doomed ship exemplified too perfectly the overly focused technological faith of an entire age. She carried many wealthy exemplars of a cultural revolution based on the philosophies of the Enlightenment, and, in the some¬times impersonal world of archetypal justice, these high-flying industrial elite were prime candidates for corrective descent. At that time, with declarations abounding of science being on the brink of unraveling all mysteries, nothing seemed to stand in the way of progress. No previous age had dispensed so efficiently with ties of religion and nature. But as rationalism was evicting soul's inhabitants, one can hear the voices of dismissed gods inciting Poseidon's act of revenge.
 
Since that time, we have lost a great deal of the mechanical uncertainty with which the universe was then regarded. Yet we are not so far from the underlying confidence and faith in our own devices. In looking back upon these events, we realize that a significant hubris is still afloat in the culture.
 
When perceived psychologically, the Titanic confronts our present-day hubris and challenges the dominant Western cultural ethos of "where there's a will there's a way." Recognition of this theme is unnerving. It entails seeing through our fascination with disaster into our state of archetypal possession—our identification with the ways of the Titan. It involves an acknowledgment of our participation in a dream, a story with its own autonomous presence. It fosters a sense of this archetypal movement, placing us within the same tragedy now, today, knowing the way in which we are still aboard a sinking ship. This recognition understands that to forget these things is to sail blindly into a stream of catastrophes, unconsciously provoking recreations of the Titanic tragedy. A psychological perception of Titanic's murmuring compels a recognition of our Titan roots, an awareness of where our souls are stirred by the unfinished business and attitudes of our immediate ancestors. We thereby return our Titanic dreaming to the dream of the Titan. Then the grip of the giant is felt as an active myth—a myth that cradles our desire to plow across the surface of the world and simultaneously underscores the call of the depths below.
 

Between Abandon and Binding: The Trouble with Prometheus

Approaching the psychological impact of the Titanic via the Titan myth leads us to a more specific mythic narrative. Seeing into the grip of the Titanic story and its archetypal complexity suggests the palpable presence of Prometheus; the Titanic carried the imprint of this most celebrated Titan more than any other. Prometheus brings the gifts of ingenuity and invention, steals fire from Zeus, is bound to Caucasus and has his liver eaten by day and restored at night, cheats in sacrificial ritual, and is the divine patron of the human reach beyond the gods. This champion of human freedom and creativity deserves to be celebrated for freeing us from a kind of unconscious slavery to the gods. Yet this freedom comes at a cost.

This Titan's foundational role in humanity's cosmic predicament is witnessed by Karl Kerenyi's subtitle to his work on Prometheus—"archetypal image of human existence." Bearing a name that means "forethought," Prometheus is present in any innovative design which furthers human intentions. He is thus enmeshed in the dominant cultural ethos of the 19th and 20th centuries—expanding consciousness, growing industry, tech¬nological breakthrough. Prometheus provides the impetus for scientific discovery and application in the modern world and is most present whenever these innovations begin to exhibit a godlike power. And so this particular Titan has also gotten us into some big trouble. Embracing this Titan we are called to remember the subtitle of Mary Shelley's Frankenstein: The Modern Prometheus and to locate the monster lurking in the shadow of the Enlightenment's brightness.
 
The problem with our embrace of Promethean gifts and the freedoms of the enlightened age is that we split off the darker portion of this mythic narrative, namely the tortuous results of untethered innovation. We forget that Promethean abandon can lead to an incarnation of gigantism, which then calls forth a corresponding binding—a chaining to the laws of Zeus. Through this familial association, the unruly behavior of Prometheus' relatives endures and enters the world cloaked in the garb of progress. Blinded by the wonder of his creative gifts, this residue of Titanic ancestry easily escapes our per-ception. But it is losing sight of the Titan in Prometheus that we become most prone to hubristic excess and its results.
 
Akin to the sinking of the unsinkable and the tragic de¬mise of celebrated social figures, the myth of Prometheus is one of enantiodromia, of reversal, the assertion of opposites—the revenge of gods whom we fail to recognize when we become enchanted with our own craftiness and power. Here we find out just how much we are tethered to an archetypal psyche. What sailed with Titanic on her maiden voyage were the Promethean dreams of a culture reveling in a perceived emancipation from "superstition" and in an unprecedented industrial reduction of nature to resource. It was through this mythic identification with one side of the Promethean narra¬tive that a ticket on the Titanic became an invitation for catastrophic reversal.
 
Today we are still poised on the edge of Promethean enantiodromia. And as we approach the 21st century, glued to the information superhighway, technology at our fingertips, our consciousness still identifies with this Promethean forward thinking while remaining largely unconscious of its Titanic background. There is a part of our psyche cruising unawares through dangerous waters, with unchecked speed and techno-faith, focused on the distant horizon of the New World, its back to the Old World. We are still on the deck of the Titanic. And under the belly of the ship, Poseidon and Tartaros await. Irreverent of the depths below with its gods and ances¬tors, this Titanic tendency accompanies us into postmodernity.
 
To be Promethean is to enter a Titanic family system and to be situated within the interplay of abandon and binding. Signal the engine room. Ahead slow. These waters need a closer eye.
 

Promethean Slight and Sacrifice

Prometheus is, like Hermes, a communicator, moving between the divine and human realms. After the Olympic-Titan war, he manages to align himself with Zeus. He is taught mathematics, medicine, astronomy, and architecture by Athena, before educating humanity. When Zeus becomes wary of the increase in human power, it is Prometheus who intervenes on mortals' behalf. How¬ever, the relationship unravels when Prometheus cheats in a sacrificial ritual designed to stabilize god-human relations. In this act of cheating, his Titan ancestry shows through. Zeus consequently withholds the gift of fire, which Prometheus promptly steals. The guardian of human ingenuity is punished for his theft, eternally (or nearly so) bound to a cliff-face where an eagle from Zeus picks daily at his liver. The slighted sacrifice sets these events in motion.
 
This narrative is imbued with insights into our Promethean heritage. Here human-divine tensions coil around a specific limitation: Zeus tolerates human innovation and power by only a marginal degree. At the core of this tension, defining turns and outcomes, lies the ritual sacrifice. Sacrifice—making sacred, surrendering to the presence of a god, humbling oneself to the scheme of things—plays a pivotal role in all myth by determining the mood of archetypal forms which rise to meet the protagonist. Successful sacrifice occasions the recognition of divinity and quiets shadowy beings. Failed sacrifice fuels tragedy. In such a way sacrifice functions as the conduit to the gods par excellence. For Prometheus, sacrifice fails, the divinities are not properly recognized, and both he and his human devotees are drawn into a resultant tragedy which, by divine design, will forever tempt the innovator's soul.
 
Failing to honor the gods through a sacrifice which would alleviate their distrust of human power sets up the second, darker half of the Promethean narrative. This second movement constitutes the shadow of our preoccupation with human design and fills out the underbelly of the Titanic saga. The exercise of human will can only be tolerated when accompanied by a successful sacrificial recognition of the gods. In the absence of such sacrificial gesture, sacrifice is extracted at greater cost. Sacrifice is imposed. And thus we must beware: Giantism, Titanism, hubris do not sacrifice, but they do invite a sacrificial enantiodromia, a reversal which pulls the whole project down. Sacrifice is then carried out upon us with high tragedy; Hindenburg, Challenger, Chernobyl as witnesses. 
 
In the failure to sacrifice, we are sacrificed. 
From these mythic patterns we may distill the following: In so far as the modern-postmodern era identifies itself with Promethean exploits, it must keep its eye on its Titanic roots. To learn this lesson is, I believe, the key- to a successful embrace of the technological age. We do not have to dispense with technology, but we must understand its archetypal grounds. Even then, we should expect no more than marginal ascension from Olympus.
 
Fortunately Prometheus' failed sacrifice and cliff-face binding is not the end of a saga. Two ensuing themes provide us with means for negotiating the Titan's fate, offering a way to mitigate the enantiodromia of the narrative, and thereby opening a path of awareness through our Titanic dream. Both themes concern the restoration of sacrificial attitude.
 
The myth informs us that Prometheus' "eternal" punishment is temporarily assuaged each night when his shredded liver is restored. This healing quality of the night points to the restorative possibilities in embracing the dark, the underworld of shadow and dream, the counterpart of the bright focused gaze of rational consciousness. Both the chains and the night recall the fate of Prometheus' forbears in the dark prison of Tartaros. This motif thus provides a metaphor for working with unconscious themes (as we have been doing) arid for developing a night-vision which perceives depth. Another motif specifies this suggestion by the myth. Prometheus is eventually unbound, freed once again by Zeus. This unbound Prometheus is a different Titan. His ancestry has been worked over, softened, torn up, and refigured. Thus tempered by endless suffering and grief, he agrees to use his foresight to aid Zeus. In this way the Titan returns his gifts to Olympus, sacrificing his own will to that of Zeus, prefig¬uring the restoration of a sacrificial consciousness we are called to embrace today. Karl Kerenyi writes, "the unbound Prometheus...thenceforth wore a special wreath as a sign of his subjection to the power of Zeus. As another emblem he bore an iron ring, which was said to have had a stone in it to remind him of the crag on which he suffered" (1951, 221-22). These motifs signal the completion of the Promethean narrative. The Titan turns to serve Zeus, fulfilling the punishment of bondage, redeeming his sacrificial failure, and integrating the healing experience of night.
 
Such images of Promethean restoration guide us through our collective identification with this mythic figure, prime our awareness of the shadow he casts, and offer a way to behold our Titanic dream. Acknowledging the punishment and failure which comes with the narrative, we reunite our Promethean preoccupations with their shadow elements. Noting the context of Prometheus' final redemption, we discover the cosmic demand for a sacrificial attitude. The Titanism which found its enactment in the Titanic disaster, having entered the culture through Promethean abandon, is returned to its ancestry and psychologically grounded within its full mythic narrative. Innovation, invention and freedom also invites bondage; in between lies a sacrificial attitude, lost and regained, and a reverence for what lies beyond us in the dark of the deep.
 

Lost Sea Wariness

The insights into the collective psyche provided by these mythic themes usher us into a reassessment of the Titanic's fate. If we remain faithful to the details, this disaster, now present to us as an image of unreflected modern-postmodern exploits, can be attributed to the ship's officers and crew who failed to heed iceberg warnings. Think of these figures as the point-men of the cultural complex. Similarly, the extent of the disaster can be traced to the blind arrogance of the ship's designers and owners, and to other crew who, in a state of denial, sent some of the lifeboats off half empty. Even after it was clear that the ship would sink, officers and crew continued to act otherwise. Significant in, themselves as points of reflection, these events extend the metaphor of the Promethean shadow and detail the issue of unchecked hubris. They also lead us back to an understanding of that which guards against the perils of Titanism. Were all involved with the Titanic to have maintained their sea wariness, with one eye trained on autonomous powers beyond their control, the disaster would have been avoided. Such sea wariness is the rudimentary matter of the sacrificial attitude I refer to above, for to make sacrifice is to be in awe, to be unsettled and uncertain, ever ready to alter course.
 
Blind faith in human innovation made otherwise well experi¬enced seamen lose their better judgement. The newness, the power, the size, the spectacle, the sophistication, the elegance, the dreamy wonder of it all closed off all portals to less heady sensibilities. In particular, perhaps the first to go was the capacity to intuit something amiss, a sailor's sixth sense—a sniff, a wind-shift, an omen—the kind of capacity that did not elude Eva Hart's mother. The wonders of science and technology, along with their rational methods, tend to close off these other senses. This is ultimately ironic; the best scientific discoveries are rarely divorced from a playful, intuitive perspective. Many breakthroughs in science come through sudden leaps of intuition. Yet as our world view becomes more mechanistic and less defined by psychic realities, more deterministic and less synchronistic, we lose touch with our soul methodologies. Without these vertical pathways with their visceral connections to the deep, anything crossing the sea of life becomes vulnerable. The stakes are raised when the vessel is Titanic in nature, when the Titanism of the Promethean venture overshadows everything else. 
 
A recovered sea wariness would heed the laws of the sea. Psychologically, it would prioritize the patterns of the psyche. Mythically, it would embrace the wreath of Zeus and the ring which reminds one of punishment and bondage whenever one enters the Promethean realm. Adding verticality attends to all of these modes of perception. Slowing down the big ship, we would reflect, turning ourselves to the past as well as the future, the Old World and the New. In so doing, we would reconfigure the archetypal family, remembering Prometheus' brother. Epimetheus, whose name means "afterthought." We would watch and listen for signs to be intuitively perceived. Journeying into the future on moonless nights requires a moonlit vision, a soft and peripherally sensitive eye. These sensibilities remind us of other presences, and provide us with ears and eyes for the invisibles when we are passing through calm, deep waters. So begins a sacrificial attitude. 
 
James Hersh notes that in Prometheus' punishment he is situated "within a pattern of movement. His manic, nonstop creativity (our science) is forced to rest, to be positioned within a schema, but it is not destroyed. Prometheus' activity has been moved from flux to rhythm" (1982, 156). The Titan's wound and punishment is also an opportunity for attunement to the gods Conscious suffering is also a meditation on bondage, a lesson on how we are tied to archetypal reality. Turning to this part of the narrative reveals the value of its shadowy element. To digest the complete Promethean narrative is also to find faculties for successful negotiation of the technological age and to disarm Titanic giantism.
 
These moves against Titanic inflation are all concerned with a turn to the dark, beginning involuntarily through the revenge of the gods, then leading to an acceptance through endurance and sacrifice. When connected to such themes, the Titanic's demise corrects the sun-drenched logos of modern technological vision and moves us into the less defined, less focused, less mechanical world of mythos. A Titan chained on Caucasus or imprisoned in Tartaros is a counterweight for manic modernity.
 
This awareness makes possible another reading of the Titanic's story, namely that its literal descent to the dark sea bed occurred through the failure of other kinds of descent. And so, if we are still aboard the Titanic by way of our incomplete Promethean lives, still caught in the middle of the narrative, we remain faced with options of descent. James Hillman underlines this very situ¬ation after noting the same, "We're aboard the Titanic." He writes: 
 
What is the right action? What do you do while the ship goes down? Strike up the band? Take to the lifeboats? But there's no other shore. Check it with your analyst? Go down like Lord Jim, with honor, courage, decency? At least keep things ship¬shape? Or, perhaps, perform the rituals of sinking. (1995, 36).
 
Hillman makes the correct cultural diagnosis, "The wrath of the immortals against hubris" (36), then suggests a solution which enters the murky depths at the end of the Titanic's journey. "Let there be dark!" (37). Through psychological salvage, the Titanic returns a crucial element of psychological life, specifically, our relation to the unseen, to all below-the-surface phenomena, and prescribes a remedy for sailors overly entranced by the spell of modernity. Which way down? Only sacrifice to the deep keeps the culture afloat.
 
Insofar as this perspective on descent pertains to the actual ship, we have already failed miserably. Although some survivors and relatives of the disaster's victims have protested the 'grave desecration" that salvage of the wreckage entails, few dare think that the Titanic has found her rightful resting place. In the Poesis of the soul she headed in the right direction—toward the under¬world. By contrast, the compulsion to bring pieces of the ship and her belongings to the surface speaks to a lacking vision of Promethean bondage and an enduring drive to conquer the dark. The popular fantasy of raising the Titanic and the realized efforts to recover her parts reflect the continuing growth of an untetherd technology which asserts itself with ever increasing autonomy. 
 
On the other side of such technical logos the mythic form of events surrounding the Titanic emerge. For most of this century, the Titanic avoided her mapping. Now large chunks of her hull do not want to surface. Expected treasures opened on world¬wide television turn out to be less revealing than anticipated. Literal salvage is thwarted. Psychological salvage locates fragments of a myth held in place by an unrecognized Promethean narrative. In this story, the Titanic belongs at the bottom of the ocean—close to her ancestors. This is her fate, a kinship with archetypal principles. And with fifteen hundred lives lost, this kinship is not something to be taken lightly. Here, as myth reveals human lives caught in a larger-than-life archetypal drama, tragedy is returned to its transpersonal origins.
 

Remembrance and Re-membering

If the archetypal drama of the Titanic disaster remains unrecognized, if the events surrounding her voyage are not remembered, then its basic themes are certain to find more vivid repetition in the 21st century. The culture's engagement with Titanism is far from over.
 
The story persists that the Titanic sank with the band playing, and the remaining passengers singing "Nearer My God to Thee." For a venture that flew in the face of God, what could be more fitting? Like the dying person wishing to revisit past transgressions, the spontaneous song completes the hubristic neglect of divinities. Beyond themselves, perhaps, these passengers were singing last rites for a sinking giant. It was the distance from god(s) which provoked the disaster, and the movement nearer to the gods in this final, tragic, sacrificial scene. Embracing this very movement would not only be in accord with the dying perspective of the Titanic's passengers, it would also move our fixation on the process of autopsy to the remembrance of a funereal rite. "Nearer my God to Thee" is the soul's response to an event which demonstrated the separation of human endeavor and archetypal integrity. The Titanic's pieces need to be collected in the soul, not in the museum.
 
 

References

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